Cosmética y firmeza corporal

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El hábito de prodigar cuidados cosméticos al cuerpo es muy antiguo; se sabe que en Egipto, por ejemplo, la higiene diaria duraba horas y el cuidado de la piel corporal, sobre todo en las clases pudientes, incluía el uso de aceites perfumados y cremas. 

Aunque la fabricación del jabón data del siglo II a.C, no se puede decir con certeza que fuera empleado para la higiene del cuerpo; en Grecia y Roma, los baños públicos eran muy numerosos y en ellos empleaban el strigil, una barra metálica curvada y con los bordes redondeados que, al ser pasada por el cuerpo, ayudaba a eliminar el polvo y el sudor. También conocían los beneficios de la exfoliación: los atletas, sobre todo, se frotaban el cuerpo con una mezcla de aceite de oliva y arena (pensaban que el primero confería fuerza).

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 Con el auge del cristianismo estas costumbres decayeron; durante la Baja Edad Media y el Renacimiento, la higiene corporal se consideró pecaminosa y fue reemplazada por el uso de perfumes destinados a camuflar el mal olor.

En el siglo XIX el agua empezó a distribuirse por cañerías, de modo que el jabón cobró importancia. A partir de entonces, se empezó a prestar más atención al cuidado del cuerpo.

Hoy, la industria cosmética ofrece productos compuestos con ingredientes químicos, la mayoría desconocidos por el público medio. Como contrapartida, la naturaleza nos brinda la posibilidad de hacer preparados que tengan los mismos propósitos que los anteriores, pero con elementos naturales conocidos, sabiendo qué es lo que estamos empleando en cada momento.

Cinco pasos esenciales

Limpieza

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Aunque la piel del cuerpo está protegida de las agresiones del entorno por la ropa, también se ensucia. El sudor, la grasa y el polvo se acumulan en la epidermis obstruyendo los poros e impidiendo una correcta respiración del tejido. Además, en los climas secos la piel pierde su humedad natural volviéndose más propensa a arrugas, marcas, flacidez y pérdida de elasticidad.

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La limpieza básica consiste en una ducha o un baño de inmersión. Con ambos procedimientos se arrastran los productos de desecho acumulados, así como las bacterias. El ritual del baño no solo es placentero, sino que resulta sumamente saludable.

 Exfoliación

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En la superficie de todo el organismo se acumulan células muertas y la manera de retirarlos es utilizando productos exfoliantes. Existen preparados naturales que cumplen esta función químicamente para devolver luminosidad, tersura y suavidad a todo el cuerpo; también hay otros elementos, como es el caso de los copos de avena o la sal, que por su textura, combinados con jabones y cremas, y mediante una acción mecánica, producen el mismo efecto.

 Hidratación

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Para que la piel absorba del medio ambiente la humedad que necesita y para conservarla, es preciso, en primer lugar, mantenerla limpia y sana. No obstante, esto no suele ser suficiente, de ahí que sea necesario utilizar, sobre todo si se vive en un lugar con un clima muy seco, productos adecuados para humectarla.

Nutrición

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Como es un tejido vivo, la piel necesita alimentarse y eso lo hace a través del sistema circulatorio. La sangre lleva los nutrientes necesarios a cada rincón, tarea que se puede optimizar aplicando sobre la piel productos que sean absorbidos por ósmosis. Al entrar en el torrente sanguíneo, estas sustancias (vitaminas, sales minerales, etc.) son rápidamente suministradas a las células que las necesitan, entre otras las que componen las diferentes capas de la piel.

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  Reafirmación

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Por el hecho de estar en posición erecta, ya sea de pie o sentados, toda la piel tira hacia abajo por el efecto de la gravedad. Si bien no tiene peso suficiente como para provocar deformaciones visibles, con el paso de los años va perdiendo firmeza, creando bolsas en el abdomen, a los costados de la cintura, en el cuello, etc. Si además se producen pérdidas y ganancias bruscas de peso o varios embarazos, a menos que la piel sea la de una persona joven, tarda en volver a adquirir la consistencia y tersura adecuadas.

Cuidados específicos

Hay zonas del cuerpo que por su función y características requieren tratamientos específicos; tal es el caso de codos y rodillas, pies y manos o las zonas íntimas.

También hay circunstancias en las que la piel necesita un cuidado diferente y una de ellas es un día de playa, cuando el cuerpo ha estado expuesto al sol. Uno de los cuidados de la piel en el que más hincapié hacen los dermatólogos es en la protección a la hora de broncearse. Se estima que 10 por ciento de los cánceres de la piel y, aunque su aparición se debe a muchas veces a la genética, los rayos solares favorecen su presencia. Hay pieles más vulnerables que otras a los rayos UVB y UVA, y son estas, precisamente, las que más cuidados necesita; no solo durante el tiempo de exposición al sol, sino también en las horas siguientes para que la piel se refresque y se hidrate.

Los protectores solares caseros no brindan la protección necesaria. Conviene adquirir un producto testado y con el índice necesario de acuerdo al tipo de piel.

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Tipos de piel con  relación al sol

Tipo 1

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Piel muy blanca y muy sensible, ojos y cabellos claros. Se quema pero no se broncea, de manera que puede enrojecerse. Factor de protección muy alto: 40 o más.

 Tipo 2

piel blanca

 

Piel seca y sensible, ojos azules o pardos, pelo rubio o pelirrojo. Se broncea poco, pero se que fácilmente. Factor de protección alto: de 15 a 25.

Tipo 3

morena

Piel blanca pero no lechosa,cabello y ojos castaños. Su bronceado es gradual y puede quemarse ligeramente. Factor de protección medio de 15 a 25.

 Tipo 4

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Piel y ojos oscuros propios de las zonas mediterráneas. Se broncea siempre y normalmente no se quema. Factor de protección bajo: de  8 a 15.

 Tipo 5

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Piel marrón u oscura. Se broncea rápido e intensamente; rara vez produce quemaduras. Factor de protección muy bajo: de 4 a 12. Existe un fototipo 6, el de la raza negra, que solo necesita un factor de protección mínimo de 2 a 4.

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